EL DIABLO QUE SE LE APARECIO A ELIAS
La última leyendo contada por el cronista Juan Manuel Gómez Encarnación, de quien publico su fotito para que lo conozcan. Ésta historia se desarrolla en Santa Cruz de Quelitán un ranchito cercano a Puerto Vallarta(ver la imagen) porque habla más que mil palabras. Las historias de que se le aparece el diablo a los que se portan mal son muy conocidas, inclusive algunas más recientes cuentan que el chamuco se aparece en las discotecas y en medio de un fétido olor a azufre deja a algunos arañados sembrando el terror y dejando el centro nocturno con su negra leyenda. Al punto, dejemos que nos cuente el Profr. Gómez:
Leyenda.
Elías Rosales bebió la tercera cerveza, en conocido restaurante de La Desembocada, y pidió la cuenta.
El Güero Palancas, dueño del local, le preguntó extrañado:
- ¿Pero porqué tan pronto mi "Lías"? Si acabas de llegar, échate una por la casa.
- No Güerito; si desde Ixtapa me vine "picado de alacrán", con otra más, me embriago. Y... yo, borracho, soy capaz de pelearme hasta con el diablo.
- No diga eso, joven, y cuide sus palabras-le dijo un viejecito que se hallaba sentado cerca de la entrada del local.
Elías se quedó mirando al anciano, con interés; era el mismo a quien había obsequiado una moneda de diez pesos a su llegada. El fuereño le había parecido, por su aspecto, un indiecito cora, de esos que bajan de la Sierra del Nayar de vez en cuando. Traía sombrero con adornos de chaquira y una burra de otate por bastón.
Elías le contestó altanero:
- Pierda cuidado, abuelo. No sólo soy capaz de pelearme con el chamuco, si no... ¡hasta de ganarle!
- Entonces qué, mi "Lías" - terció El Güero en forma conciliadora- ¿te quedas otro rato? Tengo ostiones frescos de Tehua...
- No, "Palancas"; la verdad es que se me hizo tarde y tengo que subir al cerro por una vaquilla mañosa que no he podido agarrar ni con perros tigreros.
- Pues, tú te la pierdes mi vaquero, porque...tengo un ceviche de dorado que...
- Párale y mejor dame un seis, para el camino. Y usted, anciano, no se preocupe. A mí el Chamois, como el viento a Juárez, también me arrisca el sombrero.
Dicen los que lo vieron (ya ven la gente cómo es), que Elías pasó en su Chevroleta en zumba por El Ranchito, rumbo a Santa Cruz de Quelitán, con el estéreo a todo volumen, tachonando el camino con notas musicales de José Alfredo Jiménez.

Al llegar a Santa Cruz de Quelitán, frenó frente a la casa de don Filiberto González y, sin saludar (¡pues ya se le había hecho tarde, caramba!), bajó el macho prieto (su montura) del cajón de la pick up, sacó de la cabina los tres botes que le quedaban, montó sobre el animal y, presto, enfiló por el camino del Trozadero, decidido, sin siquiera voltear hacia la casa de su compadre Bartolo Hernández.
Quien le hubiera visto no habría creído que el vaquero iba encabritado, iba molesto hasta la coronilla. Era éste el tercer intento por bajar del cerro a la vaquilla josca, la cual había perdido en un juego de naipes y ahora tendría que llevar el animal hasta las puertas de la casa del ganador, un ganadero de El Pitillal, que ya le había echado el ojo a la "Josca", dizque porque tenía sangre de "prosapia" (pinche palabrita), y del que...hasta sospechaba que había hecho trampa en la baraja, el muy jijo de la...
La mera verdad le daba coraje meterle dinero bueno al malo y hasta había pensado encargarle a Niquillo Gutiérrez el asunto de la vaquilla, "chance y me saliera más barato el negocio, aunque tuviera que pagarle al de El Ranchito, pero no... hay que tener dignidad, que van a pensar en el plan; que Elías Rosales no pudo con la josca, pinche animal, te topaste con tu padre, ahora si te vas a fregar, la tercera es la vencida..."
Al llegar al cerro de Quelitán recordó las palabras tartamudas del Gordo Melchor:
- Aaallá e en la ca cañada del Naranjo annnda tu vaquilla, vale. Yo la quise lazar pe pero n no pude. E el animal parece que titiene "enteligencia".
Y hacia la cañada del Naranjo se dirigió Elías Rosales, dispuesto a traerse, ahora sí, al maldito animal. Iba echando pestes durante el descenso. Le enchilaba recordar las palabras a destiempo de su compadre Justo Meza: "Yo vi de plano cuando te hicieron trampa, compadre; pero qué querías que hiciera...los mirones son de palo..." ¡Hijo de la chintola! ¡Perra suerte! ¡Dinero bueno al malo!
Al llegar a una pequeña explanada miró a la vaquilla. El animal nomás lo advirtió, resopló y disparó hacia el breñal.
- ¡Hija de tu chin...! - resopló también el vaquero.
Y atando el macho de un árbol de capomo (porque sabía que en esos montes sólo a pie podría llegarle a la res), descolgó de la cabeza de la silla la soguilla de cuero crudo y se fue, prudente, en pos de la josca.
Con pasos lentos y palabras suaves, el vaquero trataba de lograr su intento. Después de hora y media, sus esfuerzos resultaban vanos. El calor de la temprana tarde le asfixiaba, los arañazos de las espinas lo habían puesto de peor humor, los pies hinchados en los botines nuevos le... ¿Por qué había traído estos botines nuevos, desoyendo las razones de su mujer? Recordó los ostiones Tehua con el Güero Plancas, las cervezas heladitas...!Pinche animal ingrato! ¿Prefieres la soguilla y los tratos inclementes de Niquillo Gutiérrez? ¿Eso quieres? ¡Eso tendrás! ¡Por más caro que me cobre... no me ha de costar la vida!
Y a punto de claudicar, escuchó el crujido de cascos en la hojarasca. Miró a su macho, que venía en su dirección, a su encuentro.

- ¡Eh! Se soltó mi macho. Seguramente no lo amarré bien. Mejor. Así no bajaré a pié la cuesta. Ya no aguanto ni los calcetines. Lo mejor será que vaya yo a probar el ceviche de dorado que tanto me presumió por la mañana el Güero Palancas. De pasada, en El Ranchito, le diré a Nicolás que se haga cargo de la "Josca".
Dicen que (ya ven la gente cómo es), derrotado, Elías Rosales montó sobre el macho. Y no bien lo hizo, el animal empezó a reparar. Elías, en su juventud había sido excelente jinete, reconocido en toda la región, y hasta campeón nacional de jineteo de toros; pero los años no pasan en balde... Al vaquero le extrañó el comportamiento de su montura, pues nunca reparaba. ¿Cuando Dios da hasta los costales presta? Pensaba Elías. Pero lo peor no era que el macho reparara, sino que lo hiciera de manera tan extraña: el animal poco a poco se iba elevando en cada reparo, hasta dos, tres y cuatro metros. Y resoplaba de manera horripilante. Solos, hombre y animal (o lo que fuera) en aquel paraje solitario. ¡Ave María Purísima! exclamó Elías, escalofriado hasta el sur del espinazo y al tiempo que se prendía de la alta rama de un árbol de arrayán.

Desde arriba miró espantado cómo el animal desaparecía entre el breño, cual si fuera en busca de la "Josca".
Luego de un rato, el vaquero descendió del árbol y recorrió en sentido inverso su camino. Grande fue su sorpresa cuando, al llegar a la pequeña explanada, miró a su montura, cual la había dejado, atada al árbol de capomo. El macho prieto estaba fresco y apacible, en espera de su amo. Elías comprendió que éste no era el mismo animal que había montado hacía unos minutos.
Dicen (ya ven la gente cómo es), que desde entonces vinieron sus males; falleciendo después de algunos meses.
Colorín, colorado, esta historia se ha acabado; que tengas feliz día de los muertos.
Maga






























JacK CroW dijo
Naga.- Esta historia si está macabrona jejejej y como son las 12.40 pos si que dá un poco de miedo ... y en plena época de halloween .. gracias por compartirla ;)
Saludos y cuidate mucho ;)
31 Octubre 2010 | 06:36 AM